miércoles, 27 de julio de 2011

Puta mare tiu

Conversación universitaria a tres bandas:

-Tiu, com li tiraves la canya a la pava aquella ahir al vespre no?-

- ¿Estava bona eh?

- Si tiu. Per flipar. Te la vas triunfar o que?

- Un rollet i prou tiu, pim pam.

- No la vas lletar?

- Que va tiu, la pava currava aquest matí sats?

- Que chungo tiu.

- Si tiu, dos hores tirant la canya i quan me la faig es pira sats?

- Putadísima!

- Sou uns flipats –añade la chica-

- Pero bueno, anava tajíssim sats? Estava petat. Follar hauria estat chungo

- Si tiu, chingar quan es va taja, chungo. Molt chungo.

- I tu que tiu, vas pillar?

- Que va tiu, anava fumadíssim sats?

- Ara que dius això, fem un peta o que?

- Aquí chungo tiu, la podem liar moltíssim. Per cert, demà hi ha uni no?

- Sí, -contesta la chica-, jo aniré sense sobar, la puta classe és a les 8:30 de la matina.

- Jo es que paso sats? el semestre passat tot vuits sense anar a classe. I en una tenia un 8'5 i el fill de puta va i em posa un vuit de final sats?

- Jo també sudo tia. Si vaig, aniré a fer unes birres.

- Esteu penjadíssims

- Penjadíssims per tu.

- Quin pavo tiu! Ets un follaringa.

- Pero que fas notes? T’estàs liat un peta? Que putu penjat. Et pillarà el cambrer.

- Tranqui tia, només el lio i ens el fumem destranquis a fora.

- Ets l'amo tiu.

- Si tiu, la teva mare sempre m'ho diu sats?.

- Ja ho sé tiu, i a la teva germana li triumfa molt la meva titola sats?

- Quin cabró! suda de la meva germana mamonàs.

- No puc tiu, ja saps que em posa molt.

- Va pilla algo per privar i pirem, que aquí fa calda sats?

- Puta mare tiu.

miércoles, 13 de julio de 2011

Realidad y ficción

-En la red se me conoce como “Emperador del caos”.
-¿Cómo? ¿Emperador del caos? – exclamé con una risa desgarrada. -Estás como una cabra-
- Pues no vas demasiado errado en tu apreciación. Mi personalidad virtual es una auténtica locura, es pura pulsión, pura animalidad salvaje y ciega.
-Venga hombre, no te flipes.
- Bueno quizás haya exagerado. Es cierto que con alguna persona he mantenido conversaciones ordinarias y moderadas. Sin embargo, esa no es la predisposición con la que me conecto en la realidad virtual. Allí me gusta ser quien soy, el Emperador del caos, alocado, impulsivo, agresivo y soberbio. De hecho, muchos han averiguado mi nombre real pero siguen llamándome Emperador. Así me han conocido y a ese nombre asocian los rasgos de mi desfasada personalidad virtual.
-Que no deja de ser pura representación, aunque bueno, por lo que dices, no creo que haya mucha diferencia con la imagen que proyectas en el mundo real.
-La hay amigo, ¡y mucha!. En el mundo real hay una serie de leyes, códigos y normas conductas que coartan, que oprimen nuestra individualidad y nos obligan a moderar ciertas actitudes o comportamientos que podrían ser designados como delictivos, indecorosos o egoístas. Esto no sucede en la realidad virtual: allí eres libre de expresarte de forma absolutamente inmoral y licenciosa. Es algo parecido a lo que sucede cuando te embriagas y pierdes la noción de la prudencia y el sentido de la responsabilidad. Esa sensación de descarga es absolutamente placentera, de ahí que tanto la bebida, como la realidad virtual tengan un poder de adicción tan enorme. Una fuerza de atracción que nos atrapa bajo la fórmula de evasión, libertad y lujuria, por eso hay cada vez más gente frustrada y marginada del mundo real que se refugia en este mundo libre de prejuicios, normas y responsabilidades. Allí no hay fracaso, no importa si eres feo o guapo, rico o pobre, inteligente o retrasado. Todo es ficción, representación, nada más. Por ejemplo, si en la realidad virtual sentimos placer por actos abominables como matar o destrozar la casa de alguien, es precisamente por ese pacto de ficción que se sella en la entrada, un pacto que no ejecuta el alcohólico cuando se embriaga, de ahí la peligrosidad real de la inconsciencia de sus actos. Esa es la principal diferencia -dejando al margen las sensaciones fisiológicas- que separa uno y otro caso. Por eso el margen de libertad que posee el que se conecta a la realidad virtual es mucho mayor que el del alcohólico. Tal y como sucede en una novela o en el cine, en la realidad virtual lo trágico, lo cruel o lo macabro se contemplan siempre desde la barrera de seguridad que marca el filtro de la ficción. Por eso la imaginación se despliega y la conciencia se siente libre para traspasar todas las fronteras de lo real, superando todas las limitaciones físicas y morales. Así es como nos convertimos en asesinos, héroes o villanos, sin complejos ni prejuicios, ya que estamos en un mundo donde es la imaginación y no la razón la que dicta las normas. No sabes la de veces que he puesto cara de adulto a compañeros de juego que no pasaban de los 15 o 16 años. O la de veces que he imaginado a hermosas chicas francesas bajo la tonalidad de sus dulces voces femeninas.
- Supongo que te puedes encontrar con cualquier cosa-.
- Exacto, ese es uno de los principales problemas. En realidad, nunca dejas de navegar errante. Es cierto que analizando el nivel de expresión lingüística o la voz del jugador se pueden intuir cosas (la edad aproximada, el nivel de inteligencia etc.) pero siempre existe esa barrera de misterio que marca la ficción, una barrera que impulsa a la imaginación a dar el salto de lo virtual a lo real a partir de ciertas actitudes o comportamientos.
-Sí, pero como tú mismo has dicho, esas actitudes podrían ser completamente fingidas. A ti te gusta recrearte en una personalidad mucho más animal que la representas en el mundo real. Seguro que los demás juzgan comportamientos de ti que en realidad no responden a lo que todos conocemos. El tema es: si todo es representación, ¿qué sabes realmente de las personas conectadas?-
-Bueno no te olvides que nosotros también vivimos en un mundo de máscaras, en realidad, ¿qué sabemos de las personas que nos rodean? ¿Acaso no las definimos y las juzgamos desde la periferia sin saber nada de ellas?
-Ese es otro tema, no confundas las cosas. La conclusión a la que quería llegar es otra y tiene que ver con el gran peligro de seducción que deriva del engaño virtual. Piensa sino cuantas pobres existencias descarriadas se habrán dejado seducir por máscaras bajos las cuales se ocultaba un sujeto perverso y malintencionado.-
-Sí, en esto estoy de acuerdo. Y debo reconocer, que pese al tiempo que hace que navego por este mundo, nunca dejará de sorprenderme la enorme variedad de sentimientos entremezclados –todos ellos intensificados hasta la locura- que se generan en él. Si miramos atrás, tanto en el mundo de los videojuegos como en el de las redes sociales de internet, todo empezó como un juego, como un mero entretenimiento. Ahora en cambio todo este universo se está convirtiendo en una realidad completa y acabada, en un mundo donde sentimientos tan reales como la amistad, el odio, la dependencia o incluso el amor son cada vez más frecuentes. De hecho, se podría decir que la gente es capaz de sentirlos en el mundo virtual, como la misma intensidad que en el real. Las barreras entre realidad y ficción nunca habían estado tan difusas. A este paso llegará un momento que podremos distinguirlas.

martes, 12 de julio de 2011

Ventanas abiertas

Para frenar aquel influjo melancólico de trampas del pensamiento, saludé a Eva por el chat. Eva era una Venus de gimnasio, una chica con la que anduve enrollado un par de veranos atrás. Por un momento la imaginé desnuda, bella, con su pelo rubio rizado y su sonrisa de anuncio de televisión. El pelo se me erizó y sentí un escalofrío cercano al erotismo de la masturbación. La pulsión sucumbió de inmediato.
–¡Olaaaaaa, k tal? K aces? Kuanto tiempo. respondió Eva.
-Sí, más de un año. ¿Cómo te va?
No hubo respuesta. Pasados unos minutos, planteé una nueva pregunta:
¿Qué tal este año en empresariales? el tiempo pasaba en vano. Tampoco hubo respuesta.

Cansado de mirar hacia los lados, al techo, de abrir páginas web, de pensar en estupideces y de esperar una respuesta trivial y previsible, sentí el estúpido sinsentido de aquella situación, de aquella pseudoconversación, de aquel submundo deshumanizado. Cuando ya me levantaba de la silla, la ventanita de Jorge (un viejo camarada de salidas nocturnas) se disparó e interrumpió mi evasión.
-Tu por aki??????????- Acto seguido, una frase imposible de reproducir lingüísticamente me agredió. Era una especie de mezcla ecléctica de letras e iconos que no entendí. Entre las letras del alfabeto había manos intercaladas bailando, iconos sonrientes y otras letras enormes creciendo y decreciendo. Aquello me intimidó, no sabía muy bien que responder. El timbre de la ventanita volvió a sonar. Esta vez 5 signos de interrogación bailaban una jota y esperaban una respuesta. Estaba paralizado, ausente, pero Jorge no se rendía. Un zumbido y un “¿hola?” con letras gigantes y florescentes apareció en la pantalla. Empecé a angustiarme, más que un intento de entablar conversación, aquellas letras, iconos y carteles luminosos me recordaban a la agresión consumista de los letreros de la ciudad de Tokio. “¡Habla conmigo!”,“¡consume!”, “¡consume!”. Estaba petrificado, rendido ante la incapacidad de sondear una forma de comunicación similar a aquella maraña de signos y atentados lingüísticos. ¿Había alguien allí que hablara mi lenguaje? Me pregunté en ese instante. La pregunta era absurda. El mero hecho de plantearla ya era un síntoma evidente de exclusión, de no pertenecer a ese mundo pseudolingüístico y asistemátizado. Pensé que era más que probable –aunque no me jugaría el cuello- que la mayoría de “Evas” y “Jorges” supieran distinguir el uso de la “k” y la “q” en lengua castellana, pero mucho más evidente era la profunda adhesión de aquellas personas hacia a aquel mundo de desidia, dejadez, desorden desalmado y rebeldía estúpida e inútil.

Cabría preguntarse hasta que punto las leyes de ese lenguaje conciso, nervioso, caótico, superficial y antiacadémico de las redes sociales, no ha contribuido en gran medida a la creación de una generación mucho más impaciente, inquieta, impulsiva, agresiva, desinteresada y superficial que su predecesora. Una generación que por primera vez en la historia de la humanidad lo tiene todo a su alcance, que posee un abanico ilimitado de formas de acceso a la comunicación, a la cultura y al ocio, pero que sin embargo no puede comprender ni asimilar de ninguna manera. Sin la capacidad de análisis y comprensión del buen uso de estas herramientas, este mundo se convierte en una cueva, en un submundo marcado por la terrible inercia involutiva de la especie.

Como todo en la vida, es el bueno uso y no el potencial de un objeto lo que marca la diferencia. Porque un bolígrafo bien utilizado posee un virtuosismo mucho mayor que cualquiera de las máquinas que poseemos hoy en día tal y como solemos utilizarlas. Ninguno objeto es virtuoso o pernicioso en el escaparate de la tienda o en el embalaje, por ello las mismas herramientas que pueden elevar al hombre, lo pueden reducir a la miseria más absoluta cuando no se comprende el sentido y el valor de su uso. Para ejemplificarlo de alguna manera, el adolescente de hoy enciende su ordenador portátil con conexión a internet, abre una página web, la mira de pasada como el que mira a través de la ventanilla de un tren en marcha, abre otra sin cerrar la primera. En una visión fugaz y horizontal, la segunda página queda obsoleta pero se mantiene abierta. Con las dos páginas abiertas y olvidadas, el adolescente abre un programa, pone un canción, se cansa de ella y la cambia. Su chat empieza a hervir (4 ventanas suenan alternativamente), se da la vuelta, enciende la televisión, la videoconsola. Ventana por aquí, canción por allá, recibe un sms, actualiza su muro de facebook, el de twitter y el de tuenti. Acomodado en su butaca, inicia una partida a la videoconsola. Las ventanas anaranjadas de messenger siguen pitando. A media partida se da cuenta que la canción no le gusta. Pausa el videojuego, cambia de canción y contesta a 3 de las 6 ventanas de chat abiertas. Vuelve a actualizar el muro facebook. Una foto le llama la atención y la comenta con un “jajaja que cara”. Hace un “ok” a otra foto y vuelve a cambiar de canción. Recibe un sms de su novia y le contesta con un “tkm xa siempre". Le invitan a jugar online, juega una partida y recibe una llamada perdida de su novia. La madre le reclama para cenar, no abre la puerta, ni siquiera contesta. Nadie puede entrar en su cueva. En una segunda llamada de la madre, éste advierte síntomas preocupantes de ira en el tono de la vieja. “Ya voy joder” responde cabreado. Las ventanas anaranjadas siguen pitando. Se sienta, contesta dos de ellas con un “bien y tu???” actualiza el muro de facebook, se acerca a la televisión pero un grito de la madre le interrumpe. “Ya voy ostia, ¿que no ves que estoy ocupao? Responde ofendido. Airado, con los pantalones caídos, los calconcillos al descubierto, la gorra flotando en su cabeza, el labio torcido y la cara tatuada de desprecio, el adolescente pega un portazo y se va a cenar.

domingo, 3 de julio de 2011

La felicidad del vanidoso

La felicidad es una búsqueda personal que no entiende de peajes ni de recetas. Que lejos estamos de ella cuando la buscamos en el viaducto de la fama, el éxito o el reconocimiento de los demás. Que confusión tan grande se da en la inconsciencia de muchos entre felicidad y gloria, y que caro resulta el peaje de la vanidad para ellos. Un peaje que lo condiciona todo, haciendo depender sus vidas de un propósito: engrandecer sus figuras, ser reconocidos, amados y homenajeados. Éste hecho los arroja directamente a una corriente insaciable y frenética de lujuria (un sentimiento que confunden con la felicidad) e insatisfacción permanente. Para el vanidoso, lujuria e insatisfacción son dos caras de la misma moneda que se van alternando en cada lanzamiento. El mismo reconocimiento lujurioso que satisface al vanidoso es el que genera en él la necesidad de una satisfacción mucho más intensa y desmesurada (asociada normalmente a un motivo grandilocuente). Quien edulcora el café con 4 cucharadas de azúcar y se acostumbra a esa dosis, no puede ya sentir el dulce y placentero sabor de la primera cucharada, ni el verdadero sabor del café. En este sentido, la tenacidad insaciable de las expectativas del vanidoso es la que le veda el placer del auténtico sabor del café, de esa conversación humilde y llana, de esas manos estrechadas con afecto o de esos brazos que nos rodean con ternura.

No hay neutralidad en la posición del vanidoso. Si algo le retrata es su capacidad para erigirse como pieza central de su entorno, como perspectiva dominante. De esta manera, el clima que genera nunca es sereno o apacible, sino más bien agitado e incómodo, como un día de lluvia en el que sus interlocutores deben decidirse entre desafiarla o ponerse a cubierto. El vanidoso no habla para conocer la opinión del otro, sino para ser escuchado y reconocido por el otro. Por eso bien poco le importa ser laureado por un talento que en realidad no posee o por un saber formado a partir de retazos de conocimientos tomados al vuelo, es decir, aislados, inconexos y descontextualizados. Si la imagen proyectada de persona docta en materia ha surgido su efecto, ninguna importancia tiene para él que sus conocimientos tengan o no un fundamento real. Para él la vida es una escenario, una representación continua y su sentido lo marca es éxito de su función. En este sentido, la vanidad es por encima de todo una inflamación interna, un estado febril –normalmente de refinada compostura- cuya necesidad alude siempre a un saco sin fondo. Es una llama que nunca se apaga, que se retroalimenta a si misma y que busca sus propios materiales para seguir ardiendo con la mayor intensidad posible. Unos materiales que el vanidoso no encuentra única y exclusivamente en el terreno de la grandilocuencia, sino también en las zonas suburbiales. Porque, ¿acaso no es loable la generosidad, humildad y sencillez del hombre rico? ¿No aumentan dichos atributos su fama y reconocimiento? Todos estamos cansados de los dictadores del “ayer”, por eso los héroes del “hoy” –más ricos y acaudalados que los del “ayer”- se presentan ante nosotros con piel de cordero, con la bandera de la modestia, el altruismo o la sencillez, sabiéndose así más reconocidos y vanagloriados por el rebaño. Sus discursos morales se acercan al débil, se compadecen de él y le prometen luchar por un mundo mejor mientras se aprietan la corbata y afinan su voz. Así se viste la nueva dictadura moderna: con los humildes ropajes de la democracia, un montaje que vemos desde el escaparate sin tener ni idea de cómo se han elaborado esos maravillosos trajes. Des del escaparate escogemos y ya nada pintamos allí. Sólo nos queda seguir nuestro camino en círculo para volver al escaparate cíclicamente, cada cuatro años. Desde dentro, los lobos se ríen maliciosamente, se homenajean los unos a otros inflamando su ego, regodeándose en su poder a la par que siguen diseñando nuevos trajes que puedan seducir a los que pasan por el escaparate.

En realidad, de las diferentes vestimentas del vanidoso podríamos llenar interminables volúmenes, deconstruyendo al mismo tiempo la infinidad de máscaras con las que éste puede presentarse ante nuestros ojos. Para reducirlas todas a un marco común, podríamos decir que todas comparten una misma actitud egoísta, enferma, inconfensable, hipócrita y lo que es peor, insatisfecha. Porque como hemos dicho de inicio, la felicidad no entiende de fórmulas ni de peajes. Aunque el vanidoso no lo sepa, sus ropajes no son más formas de hipotecarla, de convertirla en un laberinto inaccesible. En el abrazo, en la paz de un simple paseo o en la ternura de unas palabras candorosas, allí podemos reencontrarnos con ella todos los días, con el corazón abierto y los sentidos bien despiertos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Agazapado en la oscuridad

Si en cada uno de nosotros existe una necesidad intrínseca puramente individual de buscar la felicidad, ¿por qué sometemos toda nuestra voluntad a la inercia más absoluta y reglamentada de lo común? o lo que es peor, ¿por qué ponerla al servicio de unos mercados que la instrumentalizan y aniquilan cualquier tipo de iniciativa libre e individual? De tales instituciones de poder nacen las VERDADES, prejuicios tan demoledores, como la fórmula de felicidad y consumo a la que todos debemos someternos para ser felices. Lo admitamos o no –todo depende de nuestro grado de sumisión- la fórmula existe y la mayoría de nosotros renunciamos a lo que somos –o a la que podríamos ser y nunca sabremos- sometiéndonos completamente a ella. Lo más triste del asunto, es que la mayoría ni siquiera se percatan de lo sometidos que están. En ésta fórmula han nacido y en ella se ha desarrollado su conciencia -o su falta de ella-.

De niños han jugado, han desplegado las alas de su imaginación y fantasía hasta que un día sus tutores les han advertido que deben dejar de hacerlo. Ahora se trata de madurar, de convertirse en un adulto, o dicho de otra manera, de censurar a ese niño que llevamos dentro, amenazándolo del peligro que corre de permanecer en ese estado. Día tras día, el adulto siente el temor de la espada de Damocles que pesa sobre su alma. Así es como forzosamente llega a entender que el universo de ficción y fantasía de su niñez, no tiene cabida en el mundo en el que habita. El niño debe ser morigerado. ¿Para que? se pregunta día tras día. Para trabajar, para ser responsable, para cumplir con su deber, para procrear. En definitiva, para honrar a la larga tradición de las instituciones. La vida no es un juego, por eso hay que enseñarle al niño que la maduración consiste en aceptar el curso natural de las cosas, es decir, en someterse. Pero el niño no se calla, no se resigna. Obedece, pero no comprende el sentido ni el motivo. Actúa pero no puede desoír a su espíritu. Sus preguntas sobre el sentido de sus actos son frecuentes, pero pronto aprende a entender que éstas no tienen sentido, que no son más que brechas, síntomas de debilidad que el sistema no contempla. Por eso hay que evitarlas, hay que dejar de cuestionarse que las cosas podrían ser de otra manera. La infancia es irrecuperable, el adulto lo sabe. Sabe que en una vida basada en la autoridad de las instituciones no puede haber resquicio para la duda, la rebeldía o la inventiva. Las catedrales ya están construidas, con su forma dimensión y tamaño. También los ritos que en ellas se explicitan día tras día. Sólo dentro de las catedrales el adulto puede ser alguien especial, un triunfador, un santo, un héroe, incluso un dios (a condición que sus sueños resuenen siempre bajo las cuatro paredes del edificio). Cualquier brote de libertad, cualquier intento de fuga, de atravesar los muros, de recuperar su infancia, su libertad, debe ser domado bajo la tutela del DISCURSO. Y en el caso de que la rebeldía persista, una prisión todavía más honda puede ser la única vía para la COMPRENSIÓN. Tras un segundo encierro el niño mantiene un efímero silencio. Pronto le invade la tristeza y la agonía. Sus llantos evocan la imposibilidad de resignarse, de aceptar la absurda sistematización de este mundo. El adulto se acerca a él, dialoga serena y diplomáticamente, intenta estrechar su mano con educación y cortesía. El niño le mira, primero desafiante, luego con lástima. El adulto le abre la celda para acercar posturas persistiendo en sus intentos de diálogo. EL niño reniega de él, le desprecia sus patéticas formas y modales, con una mirada silenciosa y punzante. Exhausto, el adulto vuelve a encerrarle con llave y candado. Su fórmula no ha dado resultado. Muy pronto los gritos del niño vuelven a resonar con un estruendo insufrible en las paredes auditivas del adulto. Por un momento se detiene, piensa en el niño –en realidad nunca ha dejado de pensar en él- y una profunda nostalgia le invade. Por un momento su coraza se resquebraja, un escalofrío le recorre el cuerpo. ¿Dejarle escapar? ¿Romper con todo? piensa en un instante de enajenamiento y desaforada lujuria. Inmediatamente, sus instintos son morigerados por el yugo de la razón. Que poco ha tardado en reconocer la insensatez de sus fantasías. En el espejo de su habitación se mira, se ríe de si mismo, de su imperfección. Todos tenemos momentos de debilidad, de locura- piensa en un instante de sosiego. Su evasiva mental ha dado resultado, le ha servido de desahogo. Sin embargo, que poco tardan a aflorar sus remordimientos, ese malestar interior que le azota en su fatigosa y precaria existencia. Los gritos del niño retumban de nuevo con la fuerza irrefrenable de una estampida. El adulto sale de su habitación, por la calle camina y vuelve a mirarse a un espejo. Ahora se siente cobarde, insulso, insignificante, se sabe uno más en la manada. ¿Acaso tiene sentido plantearse una alternativa? Se pregunta. Para compensar su falta de valor, acude al infalible refranero popular: “mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”. En realidad lo malo por conocer no es otra cosa su propio “yo” ese niño al que ha desterrado, pero que se mantiene al acecho día tras día, esperando el momento en que el adulto se derrumbe por completo. Pues el niño es la ilusión, la esperanza, el anhelo infinito, sentimientos sin los cuales el adulto no podría sobrevivir. Por eso de vez en cuando necesita bajar a la celda del niño, a visitarle y acercar posturas. Sin embargo, lo que encuentra es bien distinto a lo que fue antaño. Ese niño que creía en un amor apasionado y perenne, en un mundo guiado por la paz y altruismo, por la equidad y el sentido comunitario se ha extinguido. Ahora su imaginación y creatividad tienen que vivir agazapas en la oscuridad de los arbustos, brotando como los cánticos de los grillos en medio de la noche. El adulto sabe que ese mundo primigenio ya no existe, que no vale la pena luchar por él. Con esa excusa se resigna a vivir bajo las leyes de lo pactado alertando su vida común con las fugaces visitas a la celda del niño, a esa fuente de ilusiones pasajeras que le consuelan para seguir resistiendo. Porque aunque viva en una celda o entre matorrales, agazapado en la oscuridad, al niño le arropa siempre un manto de estrellas y su cara se ve reflejada por el claro de luna. Su imaginación –esa fuente inagotable de vida- navega siempre por los mares de Ulises, por los mundos de Don Quijote. A ella se acoge su espíritu rebelde y libre. Ella es su gran tesoro. Por eso debe ser censurada por los adultos, condenada a observar el mundo sólo a través de los matorrales, de los barrotes, en la oscuridad alumbrada por el claro de luna.

jueves, 23 de junio de 2011

La otra orilla del río

Al día siguiente, salí temprano por la mañana en dirección al Pirineo. A medida que me aproximaba a la espesura verde de aquellos bosques y a la majestuosidad de las montañas, empecé a sentir una sensación catártica muy intensa de placer y descarga. Unos kilómetros más adelante, con muchas más ganas de caminar que de conducir, aparqué el coche en un terreno adyacente al bosque y me adentré por una alfombra verde de césped rodeada de plantas y árboles por todas partes. En aquel instante, sentí que no podía existir en el mundo soledad más reconfortante. El crepitar de las hojas al caminar, el gorjeo de los pájaros, el olor a hierba humedecida y el murmullo del río que circulaba en un camino paralelo, me revitalizaba el espíritu. Apartando algunas ramas y tomando un sendero que descendía ladeando hacia la izquierda, fui percibiendo con mayor intensidad el rumor de aquel torrente de agua. El camino se fue comprimiendo hasta llegar a una zona saturada de plantas y ramas que había que sortear para seguir avanzando. Unos metros más allá, tras apartar un espeso matorral, una apertura infinita se presentó ante mis ojos. La imagen que apareció, era la de un paraíso de peñascos, árboles y plantas circundado por una fuerte corriente de agua que sorteaba piedras y rocas saltando y serpenteando para proseguir su camino. Me senté en un pedregal del lateral del río y anduve unos minutos contemplando la maravilla de aquel entorno. Tomé algunas piedras y observé su fisonomía. Las había con infinidad de formas y tamaños. Lo mismo se podía decir de la variedad de plantas que me envolvían. En aquel bullicio de vida se daba una multiplicidad asombrosa de tonalidades, formas y sonidos.

En un instante imprevisto pensé en mi mundo, en la realidad material y consumista de la que provengo y una profunda sensación de melancolía se apoderó de mí. En ella todo es diferente, todo se degrada a una velocidad vertiginosa y el valor de cualquier objeto queda asociado a la novedad y a la transitoriedad de una moda que marca la cumbre de su éxito. En este sentido, el mismo objeto que en un determinado momento está en la cima de su valor, puede quedar relegado a la más absoluta marginación e indiferencia en un breve espacio de tiempo. Así es como funciona nuestra frenética sociedad de consumo: valorizando y devalorizando sus objetos hasta convertirlos en despojos, en harapos inservibles condenados a compartir espacio con otros objetos desahuciados en el cuarto trastero, o en el vertedero de basuras. Lo sabemos pero somos adictos al consumo, por ello suplantamos con frialdad e indiferencia un objeto por otro, una amistad por otra, una pareja por otra y todo sigue igual. Todo avanza bajo la tutela implacable de lo mercantil que convierte no sólo los objetos, sino también gran parte de las relaciones humanas en mercancías de interés e intercambio.

En este mapa, es incuestionable que el dinero y el consumo ocupan de manera devastadora un lugar central en los intereses vitales del hombre y generan en él una dependencia tan terrible hacia su cultura, que le incapacita para ver más allá del punto de mira de la sociedad consumista. De este modo, gran parte de las personas, devienen instrumentos generadores de riqueza, peones ciegos de consumo cuya única función es mantener un sistema imparable de novedades y ruinas. Ese dinamismo imparable y frenético basado en criterios puramente mercantiles es el que atrofia nuestra capacidad para observar y percibir la belleza, la serenidad y el valor perenne de un entorno natural.

Sentado en el pedregal del río, observo la montaña rodeada de pinos que tengo enfrente y la admiro con toda la potencia de la que soy capaz. Siento que en ella se halla el verdadero sentido de la belleza, la paz y la armonía de mi ser. Que distinta es su verdad de la nuestra. Mientras nosotros nos agarramos desesperádamente a lo fugaz, a lo falaz de nuestro mundo contaminado de artificio y poder, ella se mantiene imperturbable, indiferente a todo. En nuestro mundo, el éxito y el fracaso son dos caras de la misma moneda, igual que el placer y la insatisfacción o la riqueza y la pobreza. Nunca hay plenitud porque todo depende de un objeto externo a ella misma que le otorga sentido. En la naturaleza la plenitud es ella misma, por eso su sentido es absoluto. Entonces, ¿por que seguimos anclados en un mundo consumista que progresivamente tiende a ser cada vez más artificioso y antinatural? Es comprensible que el hombre necesite vivir en una comunidad humana a partir de la cual pueda desarrollar su intelecto y unos valores vinculados a la justicia, el respeto o sentido colectivo. Sin embargo, lo que nunca debería entenderse como natural, es lo que en realidad ha sucedido: que la civilización sea una antítesis de la madre naturaleza, un espacio a partir del cual se contemple la naturaleza con una mirada instrumentalizada que parece responder a preguntas del tipo: ¿me podría hacer una casa aquí?, ¿se podría convertir esto en terreno urbanizable? Lo hayamos olvidado o no, nosotros somos ella, por eso cuando el hombre maltrata a la naturaleza, en realidad se está maltratando a si mismo. Que triste resulta que la gran masa común civilizada se olvide de sus raíces y acepte un sistema que le sume en una dinámica imparable de efímeras necesidades superfluas vinculadas a la más absoluta insatisfacción.

Mientras sigo con mis divagaciones, a la otra orilla del río diviso un vehículo que aparca en el arcén de la carretera. De él se apean un niño con sus padres. Los tres van bien vestidos, como si la idea fuera salir a comer cumpliendo con el ritual de un domingo al mediodía. El hombre toma la delantera con paso ágil y decidido. Se acerca a la orilla, se agacha y sumerge su mano en el agua. Un escalofrío de satisfacción parece recorrer su cuerpo a juzgar por la temperatura del agua y la expresión que aflora a su rostro. La mujer se mantiene inmóvil a unos metros de distancia, con la mirada extraviada y una mueca de indiferencia en su rostro. Como si aquello no fuera con ella, como si sólo esperara a que su marido cumpla un vulgar e insustancial capricho. Los minutos pasan y la familia sigue allí. La actitud del niño empieza a mostrar notorios síntomas de aburrimiento e inquietud. Allí no hay nada, sólo piedras y árboles. Se mueve para un lado, para el otro, se impacienta, busca algo con que distraerse pero no lo encuentra. Nada puede hacer: el agua está demasiado fría y su ordenador se halla prisionero en el asiento trasero del coche. Volteando la cabeza, el niño observa con pesadumbre el vehículo a unos metros del río. Allí se encuentra su objeto de deseo, el único móvil que puede evadirle de la sensación de aburrimiento que progresivamente se va apoderando de él. –Cuando nos vamos papá- pregunta levantando la voz con impaciencia mirando hacia el coche. Sus sensaciones irrefrenables de ansiedad y angustia se multiplican con el paso de los minutos. Salta, patalea y se acerca a la madre sumamente airado. Quiere el ordenador pero el coche está cerrado. El padre ni se inmuta ante la actitud quejicosa del niño. Su mirada recorre aquel entorno con serenidad, como si una coraza indestructible le protegiera. Unos metros atrás la madre también empieza a impacientarse. Los lloros del niño, el calor, los picores, los tacones… Un gesto con su mano derecho delata su irritación. Como si una clan de insectos la hubiera atacado, se frota con violencia los brazos y el cogote. A la protesta airada del niño se suma la de la madre. Ambos coaccionan al padre con insistencia. Éste parece resistir las invectivas de su familia evadido en una pose asombrosa de tedio y relajación. Aquello me deja asombrado. ¿Realmente puede sentir paz interior en aquella situación? me pregunto. De repente, el niño, absolutamente enajenado y descompuesto le da un puntapié al padre en la pierna izquierda. La madre, lejos de recriminar la actitud del niño, prosigue con sus invectivas. –¿Es que no oyes a tu hijo o que? Haz el favor de moverte que esto ya no hay quien lo aguante-. -Ahora nos vamos responde el padre con aparente calma mientras se aparta unos metros a la derecha de su familia. Fuera de si, el niño se aleja corriendo hacia el coche y se abalanza sobre la ventanilla de la parte trasera aplastando sus mejillas en el cristal. Una leve sonrisa asoma a su rostro al recuperar en el ángulo de visión su objeto de deseo. En un instante, a ese leve estado de satisfacción, se adhiere una perturbación mucho más acentuada que antaño. EL mono irresistible de usar el ordenador le invade y empieza aporrear los cristales del vehículo con los puños cerrados en un llanto desconsolado. La madre desesperada se acerca al padre y le pide la llave del vehículo. El padre se la da sin mirarla a la cara. La madre se aleja y se encierra en el vehículo con su hijo. Uno con el ordenador, la otra retocándose en el espejo. Ambos parecen recobrar la serenidad. El padre sigue de pie, indiferente a todo y observando el entorno. Por un instante me invade una extraño pensamiento, como si el padre se estuviera debatiendo entre la vida y la muerte, entre volver a ese coche o lanzarse al río y fundirse con un entorno que añora profundamente. Finalmente se da la vuelta y se dirige hacia al coche con paso lento y abatido. Al abrir la puerta del vehículo se escucha la voz de la madre. –Hombre, ya era hora- afirma con total indignación. El niño ni se inmuta, sus ojos están petrificados en la pantalla y su espíritu vuelve a tener cadenas.

lunes, 20 de junio de 2011

El turista y el viajero

Partimos de una gran confusión: la de medir con el rasero de lo útil todas nuestras acciones y decisiones. ¿Para que arrojar el tiempo por la ventana conduciendo por serpenteantes e incómodas carreteras de montaña cuando podemos acortar distancia y ganar en confort y seguridad conduciendo por la autopista? se pregunta retóricamente el turista mientras pone su Mercedes a 140 Km/h sin apenas rozar el acelerador. Esa es la actitud que distingue al turista del viajero. Si el primero tiene siempre un motivo y una justificación coherente para todo lo que acontece en su vida, el segundo -movido por una incesante afluencia pensamientos y sensaciones- halla en la mayor parte de sus decisiones -marcadas en gran medida por el instinto y el deseo- una apertura permanente hacia la improvisación y hacia las selvas más hondas de su ser, aquellas a las que sólo accedemos de un modo imprevisible e inopinado. El viajero se busca a sí mismo en el transcurrir de su vida, busca una plenitud que sólo resuelve en la transitoriedad de una estación efímera que sirve al mismo tiempo para reafirmar la necesidad de una nueva búsqueda. Nada permanece para el viajero, nada queda resuelto bajo una fórmula de satisfacción plena e imperecedera. La intermitencia de sus momentos de gloria, apatía, melancolía o profunda tristeza es absoluta. El viajero ha alcanzado cimas y abismos que el turista no ha llegado a rozar ni con la punta de los dedos. Mientras uno desciende, asciende y serpentea por todo tipo de senderos, el otro circula en línea recta por una autopista confortable y saturada de peajes económicos, políticos y convencionales. Se podría decir que los dos están de paso, aunque en la matización de este hecho se distingue el abismo real existente entre ambas posiciones: si para el turista sus peajes transcurren uno detrás de otro con fluidez e indiferencia, para el viajero cada peaje es distinto y los hay que le cuestan la vida, que le arrancan con violencia una parte de su alma para no devolvérsela jamás. Si el turista nace y muere una sola vez, el viajero nace y muere en múltiples ocasiones.

El turista trabaja, viaja, lee, se casa… cumple con su deber siempre como turista. No hay introspección ni examen personal en sus acciones, pues allá donde va, el turista siempre está de paso. De hecho, se podría decir que el turista está de paso por la vida, pues quien no penetra en nada, no se vincula a nada y por lo tanto no tiene nada que perder, ni nada de que arrepentirse. Un coche por otro, una pareja por otra, un divorcio, un nuevo matrimonio, un nuevo trabajo, nuevos amigos, nuevos trajes, nuevas corbatas… Todo sigue igual. El turista trabaja para pagar sus facturas, lee porque debe examinarse de algo, viaja porque está en el periodo vacacional, o lee y viaja para presumir de algo que conlleva estatus y reconocimiento social. En realidad, todo se reduce a un sentido deductivo tautológico, pues en el telón de fondo de las acciones del turista, existe un mapa general perfectamente coherente y pragmático, preestablecido de antemano. Por ello, aunque viaje, estudie, trabaje o salga a pasear, el turista nunca se mueve de su sitio, nunca sale de la misma autopista. Su estatismo espiritual le condena a no viajar nunca más allá de las fronteras que ha trazado en el planning de su vida. El turista sabe lo que quiere de antemano, por eso haga lo que haga, vaya donde vaya siempre encuentra lo que había ido a buscar. El único debate de su existencia siempre ha girado entorno a una decisión definitiva marcada por una radical dicotomía en la que debe posicionarse. Izquierdas o derechas, éxito o fracaso, campo o ciudad, mar o montaña, capitalismo o comunismo, empresario o funcionario, ciencias o letras, Madrid o Barcelona, Irene o Margarita… EL turista sabe que debe elegir y lo hace con convicción férrea. Cuando la discriminación está hecha y el dilema se ha resuelto favorablemente, al turista sólo le queda apoyar ferviente y religiosamente la opción de vida que ha escogido tachando la otra de enemiga y opositora. El círculo se ha cerrado y no puede haber matices ni ambigüedades, pues el sentido de su elección está determinado por valores vinculados a un poderoso grupo de poder. En este sentido, lo que está en juego no es la verdad, la coherencia o la virtud, sino el poder y la comodidad de una vida sistematizada. Por ello, si el turista se ha decantado por la derecha, abominará de cualquier decisión política tomada desde la izquierda con independencia de cualquier criterio. Si su opción ha sido el capitalismo, jamás viajará a un país comunista; o si lo hace, lo hará bajo la fórmula capitalista: reafirmando su posición de superioridad respecto al enemigo y resguardándose en aquellos lugares donde la huella capitalista sea evidente. Si su opción es el mar, su paso por la montaña sólo ratificará el aburrimiento, el hastío, la soledad y la falta de estímulos que acompaña a cualquier paisaje de montaña. Si su opción es Barcelona, todo lo que provenga de Madrid será censurado indefectiblemente por la montaña infinita de prejuicios que provienen de su capital preferente. Si ha estudiado una carrera de ciencias, desprestigiará las letras tachándolas de anacrónicas o superfluas para la sociedad actual. En definitiva, ajenos o no a la vida, los principios del turista tienen un fundamento real en un gran colectivo poderoso y reconocido como tal que garantiza esa dosis de seguridad y propiedad de la que su personalidad adolece. Dicho de otra manera, le garantiza una miseria estabilizada que puede reproducirse con facilidad a sus generaciones venideras. El turista sabe lo que tiene, lo que quiere y por lo tanto, sabe lo que debe transmitir a sus herederos. Por contra, el viajero no sabe lo que quiere, en todo caso, sabe lo que no quiere, un hecho que le lleva irremisiblemente a combatir contra viento y marea a los grupos de poder contra los que reiteradamente muestra su discrepancia y, sobre todo -y esto es lo más importante- el viajero sabe que la pugna principal de su vida, es la que debe mantener consigo mismo. El viajero sabe de la insaciable búsqueda de plenitud que nunca cesa y que acarrea momentos de pasión, melancolía, dolor, soledad e incertidumbre entre muchas otras cosas. Ninguna cima que se haya alcanzado puede perdurar, por eso el descenso y el ascenso se complementan el uno al otro para el viajero como caras de una misma moneda.

P:D: Espero que si algún viajero lee este texto, entienda el sentido de una dicotomía puramente metafórica o simbólica y no caiga de nuevo en una nueva tramposa discriminación.Porque ¿no somos todos (en mayor o menor grado) un poco viajeros y un poco turistas? :)